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críticas chatarras

jueves, julio 14, 2016

frases de “Florence” 

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Cuando tenía dieciséis años de edad, mi padre me dijo que si no renunciaba a la música, me desheredaba. Por supuesto… no entendía que la música es mi vida.

-¿Te imaginas lo que se debe sentir tener a tres mil personas en la palma de tu mano?
-Hmm…
-Me gustaría tomar algunas lecciones más.
-¿Qué tal un pianista?
-Sí. Voy a necesitar a alguien. Alguien con pasión.

Ahora debo advertirle: yo trabajo muy duro. Estudio una hora todos los días. A veces, dos.

Hay mucho trabajo por hacer… Pero nunca has sonado mejor.

-Maestro… es cierto que muchas de las cantantes de mi edad están en declive. Pero yo parezco estar cada vez mejor y mejor.
-Lo sé. Es difícil de creer, ¿verdad?
-Bueno… soy muy afortunada.

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Como dijo Beethoven: “Algunas notas equivocadas puede perdonarse. Pero cantar sin sentimiento no”.

Bien, si le puede perdonar a mi pequeña Florence sus pequeñas excentricidades se dará cuenta que ella es una persona muy generosa.

Maestro, ¿cree que estoy lista para un concierto?

Expanda el diafragma, Florence.

La dama es una lección de coraje y por eso la queremos.

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-Creo que la señora Florence podría necesitar más lecciones.
-Por favor, mi esposa está enferma. Cantar es su sueño y se lo voy a dar.

-¿No es el nuestro un mundo feliz, Cosme? ¿No tenemos diversión?
-Por favor, Señor Bayfield…
-¿Ves que tenemos que ayudarla…? Porque sin lealtad no hay nada.
-¡La van a matar cuando salga!
-¿Crees que no soy consciente de ello? Durante veinticinco años, mantuve a raya a los burlones y bromistas de la bahía. Estoy muy consciente de lo que pueden hacer. Pero Florence ha sido mi vida. La amo y creo que tú la amas también. ¿Hmmm? Cantar en el Carnegie Hall es su sueño y se lo voy a dar. La única pregunta ahora es si va a estar su socio y amigo en esa hora de necesidad o si vas a concentrarte en tu ambición. Por favor, Cosme… ¿quieres tocar para tu amiga?

-Bravo, conejito.
-¡Todas las opiniones son geniales!
-Sí.

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-¿Podemos intentar otra toma?
-¡Oh! ¡No veo por qué! Me pareció perfecta.

Este es mi lugar favorito en el mundo. Y voy a cantar aquí.

-Sólo creo que esto podría ser demasiado grande para ti.
-Si verdaderamente me amas, me dejarás hacerlo.

-Su condición es estable. ¿Cuál es su secreto?
-Música. Vive para la música.

-La música es importante. ¡Nadie debe tomarla a burla!
-Ella ha hecho más por la vida musical de esta ciudad que nadie, ¡incluyéndolo!

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-Esos hombres… han visto horrores. Necesitan alegría… necesitan música.
-Pero tengo miedo.
-No lo tengas. No lo tengas. Van a amarte.

Es por esto que vivimos, ¿no es cierto? Por este momento.

-Demasiada… demasiadas plumas… ¿qué piensas?
-El número perfecto de plumas. Tensas y elocuentes.

La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté.

miércoles, julio 13, 2016

la Ed Wood de la lírica 

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FLORENCE
data: http://www.imdb.com/title/tt4136084

Uno de los momentos que recuerdo con más simpatía de la “Ed Wood” de Tim Burton (http://www.imdb.com/title/tt0109707), era la expresión del protagonista diciendo: “Corte. ¡Perfecta! Impriman” cuando terminaba de filmar una escena en la que los decorados se movían, los actores sobreactuaban, las luces daban sombras sobre las caras y el guión chorreaba con un fuerte olor a rancio. El tipo ponía tanto entusiasmo en su incapacidad para hacer cine que uno no podía más que envidiarle ese optimismo hacia su obra, esa inocencia despojada del cinismo de la excelencia. Ese recuerdo emergió con la visión de “Florence”, la muy buena película de Stephen Frears que nos cuenta la verdadera historia de Florence Foster Jenkins, la que hizo lo mismo que Ed Wood pero en el campo de la lírica, hasta ganarse el lugar de ser la peor cantante de la historia.

Florence Foster Jenkins era una rica heredera divorciada que apoyó la vida cultural de Filadelfia y Nueva York en los albores del siglo XX. Sostén económico de las veladas musicales, Florence no se conformaba con ser mecenas de las grandes voces de la lírica: ella subía al escenario y pegaba unos alaridos descompasados, con unos vestidos ridículos hechos por ella misma. Y, contra lo que pudiéramos pronosticar, llenaba salones para escucharla cantar mal y reírse de ella. Florence seguía adelante, se comparaba con las mejores voces del momento, descartaba las críticas y los gritos como la reacción de los envidiosos y hasta se dio el gusto de cantar (y llenar) el Carnegie Hall.

Stephen Frears toma la historia de Florence y la desenrolla con mucho amor por sus personajes. El guión de Nicholas Martin trata de personajes que hacen el ridículo, pero Martin fue lo suficientemente astuto para no ridiculizarlos. Amamos los intentos de Florence, admiramos su valentía, danzando sobre la cuerda floja delante de un público feroz, como todo artista. Que era un desastre, no se puede negar. Pero su corazón, su empeño, tenían la veracidad, la fe poética, del artista pleno.

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En ritmo de comedia, Frears pinta sus brochazos de carcajadas con algunos toques de melancolía, algunos delicados tonos de tristeza. Florence adquiere otra dimensión cuando vemos los secretos ocultos de la dama de sociedad, cuando asistimos a la intimidad, en brazos de su marido, para llegar desfalleciente a la cama.

Para templar las sutilezas de la historia, para reírnos y llorar junto a los claroscuros de los protagonistas, era básico contar con notables intérpretes. Y Frears se apoya en la descomunal Meryl Streep (¿vale aclarar que en otro papel antológico?) y en, posiblemente, la mejor actuación que le hayamos visto a Hugh Grant, como St Clair Bayfield, marido y organizador de las actuaciones de Florence. Es una delicia, una auténtica delicia, ver las escenas de cada uno y cómo se potencian cuando comparten pantalla, sobre todo en esos delicados momentos que nos asomamos a la astillada vida íntima de un matrimonio que se ama de tal manera que uno de ellos no duda de exponerse al ridículo público para satisfacer el gusto del otro.

Se desvanecen los títulos finales de “Florence” y nos preguntamos cuán consciente era la auténtica Florence Foster Jenkins sobre su incapacidad para el canto, si había en ella una dosis alta de chantada o si vivía en su nube, en el aislado palacio del autoelogio. Stephen Frears sabe subrayar un punto intermedio: construir una ficción donde ser feliz, un mundo alternativo donde dejar de lado las onerosas facturas que suele pasar la vida. En algún momento del filme, un médico le pregunta a St Clair como pudo Florence sobrevivir tantos años con una enfermedad de base mortal para la época: “Música. Vive para la música”.

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Ésa es la clave de la historia, ése es el motor que mantiene viva a Florence. Aceptar su mediocridad era aceptar su muerte. Y tener el valor de aspirar a las alturas aunque uno sepa que se no cuenta con las alas robustas para tal proeza, no deja de ser un hecho artístico en sí mismo.

Salimos del cine agregando una reflexión: cuántos de nosotros, los cancheros que silbamos y nos reímos desde la comodidad de una butaca, hubiéramos tenido el valor de subir a un escenario a tender el corazón palpitante a un público sediento de sangre.

Imperdible. Una película para disfrutar.

wikipedia

viernes, julio 01, 2016

el peso de la culpa 

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JULIETA
data: http://www.imdb.com/title/tt4326444

Pedro Almodóvar nos da una de sus más áridas películas, adaptando tres cuentos de Alice Munro. Cuando decimos árida, no queremos decir que es una película difícil de seguir. Tiene una simpleza clásica. Decimos árida porque la historia que nos cuenta Almodóvar no ofrece flancos para el delirio, para el desborde, para el brochazo grueso. Es austero en esta crónica del dolor que no se puede despegar de la piel, retrato de un proceso sin solución ni sentido, revolotear del pasado que se disfraza de culpa para amargar al presente.

En esa economía de recursos para asomarse al drama de Julieta Arcos, Almodóvar exhibe su diestra mano maestra para señalarnos con las imágenes. Es una película que vale sentir en sus planos, sus colores, sus escenografías, su iluminación. Dice mucho el ropaje que viste esa historia. Hay una sintaxis visual en paralelo a la aparente (sólo aparente) levedad de la historia de Julieta.

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Asistimos a un comienzo radiante en la vida de Julieta Arcos: se va a vivir a Lisboa con su pareja, Lorenzo (un Darío Grandinetti digno representante de la Escuela de Sobreactuación del Gran Actor Argentino; afortunadamente no está mucho tiempo en pantalla). En plena mudanza, tira a la basura un sobre celeste. El tiempo que se toma para desecharla, revela que es un dato importante de su pasado. Un nuevo tiempo se abre para Julieta, un momento que presumimos apto para el reposo final de una madurez con amor y serenidad.

Al día siguiente, el último día en Madrid, Julieta se cruza con una joven que la reconoce, la saluda y le dice que acaba de ver a su hija en un viaje a Como, que se la veía bien y que tenía tres hijos.

El terremoto acecha a la vuelta de la esquina. Porque esa charla cambia todos los planes de Julieta que ha venido sosteniendo su vida durante los últimos doce años, intentando olvidar lo que no se puede olvidar tratando (en vano) de reinventarse otra vida.

Lo que sigue es el secreto que Julieta ha estado guardando estos años: qué pasó con su hija y porqué dejó de verla.

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Almodóvar elige dos actrices para encarnar a Julieta Arcos: Adriana Ugarte en su juventud; Emma Suárez en su actualidad madura y sufriente. La transición de una actriz a otra se logra con dos magistrales pases: un fundido del presente al pasado; una toalla que seca a Ugarte y descubre a Suárez. Detalles de maestro. Para la mayoría de los espectadores les pasará desapercibido. Pero esa transición, tan elegante y breve, es un ejemplo de buen cine que escasea (cada vez más) en estos tiempos.

Hay otro detalle visual constante en la trama: el rojo y el azul. Esos colores se entrelazan, una y otra vez, en la vida de Julieta. Azul es el pulóver que lleva en el tren; roja es la chaqueta que lleva Xoan. Roja es la mitad de la pared del departamento que va a dejar Julieta; no es en vano que falta el azul (azul es el mar de Xoan). Rojo y azul es su pulóver cuando toca Madrid por primera vez. Presten atención al cruce del rojo y al azul, en las escenografías, en la fotografía, en la repetición de ese contraste en vestidos, paredes, calles.

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El tema central de “Julieta” es la culpa. La culpa de intentar ser feliz. Los personajes de “Julieta” conviven con esa contradicción: el egoísmo por ser feliz, a costa de dejar al moribundo, al fallecido, al inválido. Julieta reemplaza a la esposa de Xoan antes de que ella fallezca; Xoan retoza con su amiga Ava cuando las esposas (tanto Julieta como la anterior) no están en su cama; el padre de Julieta hace lo propio que su hija.

Ser feliz (satisfacer los deseos de la carne, la sensualidad del ser) implica olvidar a los que quedan atrás, exige prescindir de los que arrastran la muerte a su lado. Y esa traición es básica para proseguir la vida. (El símbolo del viajero del tren, el tipo solo sin nada más en el bolso, esto es, sin futuro, al que ya nadie quiere darle la chance de escuchar).

En la vereda de enfrente Marian (la excepcional Rossy de Palma) y Antía son los personajes que señalan con el dedo, los que ejercitan el derecho de adjudicar la culpa. Marian en su gastado cuerpo ajeno; Antía cayendo en manos de una secta religiosa para no afrontar su iniciación amorosa con su amiga Bea.

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El drama central de Antía es que ha sido feliz cuando su padre (su mayor amor) ha muerto. Esa actitud, humana y normal, es lo que la paraliza y la aleja de sus afectos. Por no caer en el pecado de egoísmo de ser feliz, cae en otra falta aún mayor: el del desprecio de aquellos que la aman.

Aunque no tenga el mismo tenor, Julieta ve en Antía un espejo: también ella ha censurado la elección por la felicidad que ha hecho su padre.

“Tu ausencia llena por completo mi vida, y la destruye” escribe Julieta en la mejor frase de la película. Algunas personas sólo pueden dar, como Antía, esa retribución: dolor.

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El final es abrupto, no demasiado convincente. Esperábamos otro tipo de corte a la historia de Julieta. Pero cierra desde la lógica: otra muerte que permite entender. Sólo cuando se pierde un hijo puede entenderse que no es necesariamente trágico perder un padre. A algunos (como a Antía) le lleva toda la vida.

Sobrevuela en “Julieta” una última idea: como las elecciones pueden torcer nuestra vida para siempre. Como algunas vidas están presas, para siempre, de una elección que ni siquiera ha sido suya. Un enojo, una charla que no se lleva a cabo, una salida al mar apresurada, puede cambiar todo lo que dábamos por seguro hasta entonces.

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Así de frágil e incierta es la vida como para que no aprovechemos las pocas oportunidades de ser feliz que hay desparramadas entre tanto dolor, muerte, soledad y hastío.
Recomendada. Nos gustó mucho este Almodóvar. Para no dejar pasar.

sábado, junio 11, 2016

frases de “Francofonía” 

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Que seríamos sin Europa...

Aleksandr, no quiero hablar del pasado. Hablemos sólo del presente.

¡Qué rostros! ¡Qué almas! Ángeles. Muchachos. Crueles como pueden serlo. Sobre todo cuando los padres duermen. Es así como empezó el siglo XX. Y nuestros padres se durmieron.

Libertad, igualdad, fraternidad.

No deberías haber aceptado los containers del Museo. Zarandear el arte sobre el océano es inhumano.

La fuerza del mar y de la historia son así: sin razón ni piedad.

¿Qué me importa de este océano? Que viva su vida y nosotros la nuestra. ¿Y de qué nos sirve conocer esta fuerza? Tenemos nuestras ciudades, nuestro cielo y nuestros cómodos departamentos.

Un pueblo está rodeado por el océano. Un ser humano tiene un océano en sí mismo.

También la más feliz de las ciudades no está a salvo de un desastre.

El Louvre... ¿no será que este museo vale más que toda Francia? ¿Quién querría una Francia sin Louvre? ¿O una Rusia sin Hermitage? ¿Que seríamos nosotros sin el Museo?

A menudo nos parece que los museos se apropian de lo que los rodea mientras no sean perjudicados. Pero también pueden custodiar los peores secretos del poder o de las personas.

La primera vez que visité el Louvre quedé atrapado por esas caras. Es el pueblo. El pueblo. Las personas tal como querría verles. Los entiendo.
Pertenecen a su época pero los reconozco ¿Por qué? Franceses. Un pueblo europeo. Me pregunto qué habría sido de la cultura europea sin el arte del retrato. Tal vez porque los europeos han sentido la necesidad de dibujar las personas y los rostros. Porque esta búsqueda tan querida de los europeos queda inexplorada por otros (como, por ejemplo, los musulmanes). ¿Quién habría sido si no hubiera podido ver los ojos de los que vivieron antes de mí?

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En Europa, en todo lugar es Europa. Nos hemos sentado a la misma mesa. Bebemos de la misma copa.

El armisticio entre Alemania y Francia ha sido firmado. Pero… ¿qué hará el vencedor cuando sea el señor del centro de la cultura mundial?

-¿Habla alemán?
-No. Yo soy muy francés.

Un aristócrata alemán y un republicano francés.

¿Qué es el Louvre en el momento en que Francia ha perdido la guerra, cuando el ocupante pasea por París y la gente parece resignada?

Embajador de Francia en España, héroe de la Gran Guerra, el mariscal Pétain ha aceptado dirigir el gobierno en destierro. Pero tiene 84 años.
Es un hombre del siglo XIX, nacido bajo el gobierno del emperador Napoleón III. Su familia veneró a Bonaparte. Y esto pasó: el mariscal de Francia, héroe de la Gran Guerra, toma partido contra la resistencia al agresor. Y esto pasó: un mariscal de Francia despidió a su ejército, llamó a los ciudadanos a no resistir, anunció el principio de una “nueva” revolución. Y la construcción de un “nuevo” país. Estos franceses, sólo preocupados del lejano bolchevismo ruso, no han visto del nazismo lo que pretende. Pétain, de orígenes modestos, cerrado y frío, está convencido de que es posible y necesario colaborar con Hitler. Y que sea la salvación de Francia.

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Y he aquí que reaparece en el mercado una mercancía olvidada. ¿Adivina cuál? Esta mercancía puede costar cara. O no costar nada. Pero en todo caso, el comprador va a decidir el precio. ¿Adivina? ¿No? Piensen. Veo que no han adivinado. La paz. Sencillamente. La tranquilidad. La paz se puede comprar siempre.

En Francia, la guerra calla. Los soldados franceses regresan a casa. París... París... centenares de bibliotecas y museos, teatros, galerías, universidad, ciencias. Artesanos, obreros, ingenieros. Prensa, costumbres y prácticas democráticas. ¿Quién estaría listo a renunciar a los principios de las convicciones políticas o de los hábitos y a echar en guerra la Francia entera y París.

Los toros alados. Terribles e ingenuos como en los cuentos. El miedo del poder. El miedo frente al poder.

La mano está más viva que el espíritu. Crea la forma antes del pensamiento.

Claro que fui yo quien trajo todo esto aquí. ¿Por qué habría hecho la guerra? Por el arte.

¿Tuvieron los museos el presentimiento de la guerra? Nadie dudó de la inminencia de la guerra. Hemos hecho sencillamente nuestro trabajo. Un museo tiene que ser preparado para la guerra.

Soy un funcionario de la administración francesa cuyo propio gobierno se alía con el enemigo. ¿Entiendo por qué trabajo para este gobierno?

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Ciertamente, hubo aquí un tiempo en que no hubo nada. Salvo poblaciones venidas a refugiarse al amparo de los ataques vikingos. En el siglo XII, se construyó un castillo fortificado. Algunos pueblos se establecieron alrededor. Fue el inicio. Que extraño, que sorprendente. Agrupados en este pedazo de tierra de un kilómetro cuadrado o algo más, reyes y arquitectos franceses transformarán este lugar, construirán y reconstruirán, pasando ese testimonio de generación en generación. Castillos, palacios. Palacios, castillos. Un museo. Indiferentes a las evolución y a los caprichos de la naturaleza. Hasta que un día se oye decir: “Nuestro Louvre está en pie”.

El Estado ya ha entendido qué necesita un museo para existir.

Soy yo.

La Gran Galería asombra por su profundidad. Es aquí que el Louvre comienza a ser un museo. Más que un recorrido: la gran calle europea del arte.

Francia. Qué suerte que tu prima Alemania te haya reconocido el derecho a existir. ¿Qué destino esperaba a los que fueron excluidos del género humano?

¿De qué otra cosa habla el Louvre si no de hombres que sufren, quieren, matan, mienten y lloran?

París es ocupada pero todo está bien. El Louvre está abierto. Reina la paz.

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Los intereses del patrimonio estaban realmente en contra de la ideología totalitaria. Peligroso encuentro.

Señor Conde. Señor Conde. ¿Reenviará las colecciones al Louvre? ¿No? Mejor así.

Metternich invoca el procedimiento burocrático para posponer año tras año la ejecución de la orden.

Las razones de Estado raramente coinciden con las razones del arte. La ocupación. Un fuerte y un débil. ¿Qué hacemos? Unirse el uno al otro conservando la propia cultura… ¿para formar al final un Estado común? ¿La unión “franco-germana”? ¿O “germana-francesa”? Por lo menos, no se hará más la guerra. Porque hay un sólo enemigo: la Rusia bolchevique.

Señor Jaujard, usted está siempre tenso. ¿Es mi uniforme lo que le disgusta?

¿Y el Louvre?

viernes, junio 10, 2016

el barco a la deriva 

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FRANCOFONÍA
data: http://www.imdb.com/title/tt3451720

En “Francofonía”, Aleksandr Sokurov narra en primera persona en un monólogo sobre la historia del Louvre. Pero no habla del Louvre; habla de Europa. Y no habla de la historia europea: habla de la Europa de hoy, de su misión como protector de un acervo cultural, de una herencia que trasciende las nacionalidades y que hoy deriva incierta en medio de la tormenta. Un documental que no es un documental, un drama que no tiene los elementos del drama, una película que nos deja mucho lugar para la reflexión y que, pese a que sabemos que no tendrá un público amplio, es una de las cosas más interesantes de este año en la pantalla grande.

Sokurov juega en varios niveles para exponer su tesis. Vemos la historia del Louvre desde que no era el Louvre; deambulamos con Napoleón por sus pasillos (responsable máximo de los tesoros, saqueados en otras regiones, que atesora el museo); asistimos a una representación (con la fotografía en sepia de un documental apócrifo) de la relación de Jacques Jaujard y de Franz Wolff-Metternich (funcionario francés durante la ocupación nazi y el responsable alemán de gestionar el Museo durante esa época); escuchamos la videollamada desesperada de un capitán que conduce un barco cargado de obras de arte que atraviesa una tormenta que amenaza con hundirlo; caminamos por los pasillos del Louvre y vemos las obras que atestiguan los rostros de los europeos que una vez fueron.

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En esas múltiples capas, Sokurov se pregunta sobre el propósito de Europa y con una frase (“¿no será que este museo vale más que toda Francia?”) pone el dedo en la llaga. Europa es el legado cultural de varias generaciones. El barco que hoy afronta la tormenta, no puede olvidar el riesgo que conlleva de perder su carga. Eso trasciende a las naciones. La historia de Jaujard y Wolff-Metternich se corresponde con esa visión. En medio de una cruenta guerra, el ganador y el oprimido se ponen tácitamente de acuerdo para proteger ese legado, para que las obras de Louvre no sean saqueadas por el invasor nazi. Están en bandos opuestos pero son, fundamentalmente, europeos. Hombres sensibles y cultos que se exponen personalmente para salvar algo más grande que ellos, algo que los trasciende.

Hay una muy linda escena en la película, cerca del final, cuando Sokurov les cuenta a los personajes cómo va a ser su futuro. Y cuando la anuncia a Jaujard un final no del todo grato, su pregunta final es: “¿Y el Museo?”. Sólo vive para él, sólo tiene sentido su vida si esa entidad sobrevive al tiempo.

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Pero el Louvre no es el Louvre. El Louvre es Europa. Y en su pasado también está la fuerza de la espada. Bonaparte nos dice que para eso hizo la guerra, que todo lo que hay ahí es su obra. Europa es un producto de la guerra, del saqueo, de la imposición a otros. Pero también es la reflexión sobre la trascendencia del hombre, de la perduración de la memoria, de la valoración de la belleza. Eso está en riesgo hoy, eso es lo que los contenedores simbolizan, sobre un navío zozobrante.

Un contrapunto sobrevuela en los pasillos del Museo: Bonaparte y Marianne, el símbolo de la República Francesa. La realpolitik del Emperador con el slogan balbuceante de “¡Libertad, igualdad, fraternidad!”, que hoy termina siendo una frase despojada de su sentido primigenio. El Emperador la invita a ver la grandeza de Europa representada en la Gioconda. La República Liberal parece flaquear en esa figura gagá y precaria.

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Sokurov se permite cachetear desde su cultura rusa a los franceses y recordarles que mientras París atravesaba una relativa plácida ocupación, libre de bombardeos, Rusia sufría el hambre y la destrucción de sus museos y edificios históricos. En ese pasaje, Sokurov evoca los pueblos que perdieron, las cosas que se devoró el tiempo, las obras de arte que que se hundieron con los barcos que naufragaron en los saqueos europeos. Francia se enorgullece de ese tesoro que es un símbolo de Europa toda; pero no hay que olvidar que Europa dejó jirones de su piel, en los entreveros feroces de la Historia.

“Francofonía” nos deja esa cosmovisión de contemplar el todo, desde lo profundo del tiempo, y comprender todo lo que significa la casa común europea, las huellas de la historia que están ahí, paso a paso, conviviendo con el presente. Y esa carga es ostensible hoy, pesada responsabilidad, para la generación que escora rumbo a la colisión.

Películas más que recomendable, una perla oculta en la cartelera. Vale verla.

Mañana, las mejores frases.

martes, mayo 31, 2016

frases de “X-Men: Apocalipsis” 

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-Eres tú. La heroína...
-No soy nadie. No soy una heroína.

-Soy telépata. Leo la mente.
-No entres a la mía. No quiero que una chica rara husmee por ahí.
-Tranquilo, Scott. No hay mucho que ver.
-¡Oye! ¡Espera! ¡No te dije mi nombre!

-¿Qué pasó con el Hank enorme, azul y peludo?
-Lo mantengo bajo control.

-Hola, Scott. Bienvenido a la escuela para dotados.
-No siento que sea un don.
-Nadie lo siente al principio.

-Mi abuelo sembró ese árbol cuando tenía cinco años. Yo mismo solía columpiarme en sus ramas. Creo que era mi árbol favorito.
-¿O sea que estoy expulsado?
-Todo lo contrario. Estás admitido.

Vi el fin del mundo. Pude sentir toda esa muerte.

Todo el mundo teme a lo que no entiende. Aprenderás a controlar tus poderes.

¿Eres al que llaman Magneto?

¿Esto es lo que quieren de mí? ¿Esto es lo que soy?

-Lo siento.
-No lo sientes, ¿verdad? Ahora sí lo sientes.

-¿Jamás la buscaste? ¿Ni siquiera en Cerebro?
-¡Alex! ¿Crees que soy un pervertido? Sí. La busqué una vez. Dos. Pero hace mucho tiempo, ¿sí?

-Un mutante todopoderoso.
-Exactamente. Y dondequiera que estaba, siempre tenía cuatro seguidores. Discípulos. Protectores a quienes otorgaba poderes. Como los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
-Eso lo tomó de la Biblia.
-O la Biblia lo tomó de él.

Gran guerrera. Es mi heroína. Quiero ser como ella.

-¿Qué haces?
-Aprendo.

Los débiles se han apoderado de la Tierra. Para esto fui traicionado. Falsos dioses. Ídolos. Ya no más. He vuelto. Un nuevo mañana que comienza hoy.

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-¿De dónde vienes?
-De una era anterior a que el hombre perdiera el rumbo.
-Bienvenido a los ochenta.
-Este mundo necesita ser purgado.

Pasó el momento. Ya no hay lugar para dioses.

¿Te acuerdas de Erik Lehnsherr? Mis chicas lo vieron en Polonia. Dejó a su paso
algunos cadáveres, incluyendo el de su esposa y de su hija. Pronto estará en las noticias, pero Caliban te lo anticipa.

No te temen a ti. Me temen a mí.

-Lamento decírtelo, pero no eres el más raro de la escuela.
-Pues es la primera vez.

-¿Azul?
-Al parecer, ahora tenemos eso en común.

Quiero que tú sientas todo el alcance de tu poder. Apenas has probado tu verdadera fuerza. A diferencia de otros que quieren controlarte quiero que seas libre.

-Es mi primera vez en Estados Unidos. Me emociona mucho ver su cultura.
-Pues aquí no la vas a ver. Lo único que tiene de estadounidense es que solía ser británico.

Levántate, ángel mío. Levántate.

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-Charles quiere estudiantes, no soldados. Piensa lo mejor de las personas. Tiene esperanza. ¿Y tú?
-Creo que debemos esperar lo mejor. Y prepararnos para lo peor. Creo que el mundo necesita a los X-Men.

Piensen en la persona a la que más amen en el mundo. En su esposa. Madre. Hija. Ahora esa persona sabrá lo que es perder a un ser querido. Y vivir con ese dolor. Para siempre.

No me llamo Henryk. Mi nombre es Magneto.

-Quienquiera que sean... no intenten evitar que mate a estos hombres.
-No vine por ellos. Vine por ti.

-¿Quién eres?
-Elohim, Shen, Ra. Me han llamado de muchas formas en muchas vidas. Nací de la muerte. Estuve ahí para encender y avivar la llama del despertar del hombre. Para poner en marcha la civilización. Y cuando el bosque necesitaba desmalezarse para volver a crecer, yo estaba ahí para prenderle fuego.
-¿Dónde estabas cuando mis padres fueron asesinados en este lugar?
-Dormido. Atrapado en la oscuridad. No estuve ahí contigo, hijo mío. Pero estoy aquí ahora.

-Vas a ir tras él, ¿no es cierto?
-Querías que saliera más de la casa, ¿no?
-No puedo detenerte. Nadie puede. Pero créeme: esto no va a terminar bien. Con él, nada termina bien.
-No tengo miedo.
-Deberías.

Al menos estamos de acuerdo: la tercera siempre es la peor.

-En serio creí que podíamos cambiarlos tras lo de Washington.
-Lo haremos.
-No Charles. Aún nos odian y nos temen. Solo que ahora son más diplomáticos... Me harté de vivir esa mentira.
-¿Por eso no te presentas en tu color azul natural?
-No voy a ser el rostro de un mundo que no existe.
-Las cosas están mejor. El mundo está mejor.
-Tal vez en Westchester. Allá afuera, los mutantes aún huyen, se ocultan, viven con miedo. El que no haya guerra no significa que haya paz.Si quieres enseñarles algo, enséñales eso. Enséñales a pelear.

-Piensa en tu esposa, en tu hija. ¿Qué habrían querido?
-Habrían querido vivir.

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Lo intenté a tu manera, Charles. Intenté ser como ellos. Vivir como ellos. Pero siempre termina del mismo modo. Me arrebataron todo. Ahora... nosotros les derribaremos todo.

Gracias por permitirme entrar.

No más piedras. No más lanzas. No más hondas. No más espadas. ¡No más armas! ¡No más sistemas! ¡No más! No más superpoderes.

Tanta fe en sus herramientas y en sus máquinas.

-¿Cómo sabes qué sentía?
-Sé lo que siente todo el mundo.

Puedo proteger sus mentes de tu poder. Es uno de los muchos poderes que he adquirido a lo largo de los milenios. Pero poder ver dentro de una mente... controlarla... ése es tu don.

-¿Vas a ser parte de toda esta muerte y destrucción?
-No conozco otra cosa.
-No es verdad. Sólo lo has olvidado.

Me muevo muy rápido. Pero al parecer siempre llego tarde.

Este mensaje es por una razón. Para decirles que los más fuertes de entre ustedes, aquellos que tienen el mayor poder... protejan a los que no lo tienen.

-Hay un animal ahí.
-No es un animal. Es un hombre.
-¿Quién es?
-Le arrebataron esa parte de sí.
-¿Qué quieres decir?
-Que lo convirtieron en una especie de arma.

-¿Qué le hiciste?
-Encontré una parte de su pasado y se lo devolví.

Se suponía que éste sería el centro del universo antes de que me traicionaran. Ahora lo será.

Borra por completo este mundo. Y guiaremos a quienes sobrevivan haciendo uno mejor.

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A pesar de todos mis dones, aún no poseo el que más necesito. Estar en todas partes. Ser todo el mundo.

-No todos podemos controlar nuestros poderes.
-Pues no lo hagan. Tienen que aceptarlos. Todos tenemos que hacerlo.

Eres mucho más de lo que crees. No todo es dolor e ira. También hay bondad. La sentí. No solo es a mí a quien abandonas.

Charles, no puedes entregarte. Si te tiene a ti, nos tiene a todos. Al mundo entero.

¿Quieres lo que yo tengo? ¿Quieres sentir lo que siento? ¡Bienvenido a mi mundo!

-¿Me traicionas?
-No. Los traicioné a ellos.

-Se terminó, Charles. Estás acabado. Ya eres mío.
-Jamás vas a ganar.
-¿Y por qué no?
-Porque estás solo. ¡Y yo no!

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-El mundo ya comenzó a reconstruir sus arsenales. Es la naturaleza humana, Charles.
-Aún tengo esperanza.

-¿No te despiertas a veces, a medianoche, con la sensación de que algún día vendrán por ti y por tus chicos?
-Así es. Sí.
-¿Qué es lo que haces cuando despiertas así?
-Siento mucha lástima por la pobre alma que llegue a mi escuela buscando problemas.

Olviden todo lo que crean saber. Lo que sea que hayan aprendido en la escuela. Lo que sus padres les hayan enseñado. ¡Nada de eso importa! Ya no son niños. Ya no son estudiantes. Son X-Men.

lunes, mayo 30, 2016

cuando no alcanza pelear con el villano 

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X-MEN: APOCALIPSIS
data: http://www.imdb.com/title/tt3385516

Incialmente, las películas de superhéroes oponían al protagonista ante un gran villano al que había que vencer después de muchas pruebas, casi siempre en el último momento y milagrosamente. El esquema presentaba sus fatigas cuando, con cada nueva historia, había que escalar los riesgos, las amenazas, las virtudes del villano. En algún momento, esa dinámica encontraría su límite y llegaríamos al punto de cansarnos de ver películas de superhéroes.

¿Qué pasó para que no cayera ese interés? Pasó Marvel. Porque los héroes de Marvel estaban construidos con tal ambigüedad en su personalidad que en la lucha no tenía tanto valor los poderes del villano de turno, sino el drama personal que el superhéroe tenía que enfrentar. En la última saga de los Vengadores, “Capitán América 3: Civil War” (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2016/05/quien-vigila-los-vigiladores.html) queda más que claro esta tendencia, cuando los que se enfrentan ya no son los buenos contra los malos, sino los buenos entre sí. (Algo como para dudar de si efectivamente existe algo así como los buenos.) Batman vs. Superman: el origen de la justicia” (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2016/03/del-dios-todopoderoso-al-terrenal-mundo.html), aún con sus fallidos, intento ir por el mismo camino.

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Parece ser que las sagas de superhéroes buscan complejizar la personalidad del protagonista como si postularan que hay una sola cosa verdaderamente heroica: enfrentarse a los propios miedos, limitaciones, traumas y deseos. Al igualar a los superhéroes con los espectadores, logran identificarnos con sus disyuntivas éticas, mucho más que con el riesgo de que el Guasón se salga con las suyas o de que Loki destruya el mundo. En esta etapa, el cómic enfrenta al héroe con el riesgo de ser sólo otra clase de villano. Y ese salto dramático le da otra entidad a las películas de superhéroes.

La saga de “X-Men” agrega otro capítulo con “X-Men: Apocalipsis”. Personalmente, defendimos desde esta página la sustancia que tenía la “X-Men” de Patrick Stewart y Ian McKellen, cuando generalmente era despreciada por la crítica oficial. Por lo que nos duele un poco (sólo un poco), ahora discrepar con esa misma crítica que ensalzó “X-Men: Apocalipsis” para pegarle a “Capitán América 3: Civil War”. Sin ser mala, “X-Men: Apocalipsis” es débil. Es una película sin esa complicación dramática que señalábamos en párrafos anteriores. Una película bastante más convencional, muy parecida a la dinámica del enfrentamiento con el gran villano, que no termina de emocionar nunca. Entiéndase: es una película sólida, pero sin sorpresas.

La trama enfrenta a Charles Xavier y sus aliados contra Apocalyse, un mutante que viene de la noche de los tiempos y que ha sumado las habilidades de otros mutantes. Y es tal su fuerza que fácilmente se ha confundido con un Dios. Del Egipto antiguo, se ha levantado para tomarse revancha con el mundo.

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Ante ese todopoderoso rival, Charles se opone con un grupo disperso, dubitativo, que todavía no sabe si quieren ser héroes o no, si son capaces de dar la talla. Hay dos ideas dando vueltas en la trama, no del todo desarrolladas: la primera, es no negarse a su poder (a su naturaleza). Hasta el enfrentamiento con Apocalypse, los mutantes van a la escuela de Charles Xavier para saber cómo controlar sus poderes. Cuando la batalla se presenta, el consejo de Raven es clave: no los controlen; acepten ser cómo son.

Ésa es una línea del guión: conocerse y aceptarse (o mejor aún, conocerse es aceptarse). En la diferencia. Porque hasta entonces se han escondido, por miedo a ser diferentes. En la batalla final, el ser diferente es lo que permite que sobrevivan. Y con ellos, el mundo.

Otra idea rubrica el final: la debilidad de Charles Xavier es supuesta. Cuando Apocalypse se vanaglorie de su derrota, Charles lo enfrenta con la realidad: el villano no puede ganar porque está solo. La unión del grupo es más fuerte que la lucha solitaria del mal.

Esas dos ideas danzan en la trama, sin fuerza dramática. Están presentes pero dispersas. Y por eso, tal vez, la película no tenga tal peso específico.

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Hay una escena que se lleva las palmas y no corresponde a la lucha final: es el rescate de los X-Men de la explosión en la escuela de Charles Xavier, llevada a cabo al ritmo de Quicksilver. Antológica, con toques de humor que realzan la secuencia. Del Seleccionado actoral, compitiendo con Jennifer Lawrence, Michael Fassbender, Oscar Isaac y James McAvoy, se destaca Sophie Turner (la Sansa Stark de “Games of Thrones”) como la joven Jean Grey. Galardón para una muy expresiva actriz que esperamos brillar en otros campos.

En suma, aceptable, sólo aceptable capítulo de los mutantes. Esperábamos más, sinceramente. Para ver, sin grandes expectativas.

Mañana, las mejores frases.

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