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críticas chatarras

martes, febrero 05, 2013

tarantino en el lejano oeste 

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DJANGO SIN CADENAS
data: http://www.imdb.com/title/tt1853728

Una película de Quentin Tarantino es una fiesta del cine. Y cada estreno suyo es recibido de ese modo, con la emoción de presenciar algo único. Bueno, hay que apurarse a decirlo: pese a la crítica fervorosa, “Django sin cadenas” no es lo mejor de Tarantino. Están todos los tics del maestro, la referencia a un género clásico, grandes escenas y un puñado de buenas actuaciones y brillantes diálogos. Pero, raro en Quentin Tarantino, aquí falla la historia. Django es una mala copia de Beatrix Kiddo. Será por eso que brillan más los personajes secundarios (Christopher Waltz, Leonardo DiCaprio o Samuel Jackson, por caso) que el protagonista principal, un Jamie Foxx sin muchas variaciones en su rol.

El problema de “Django sin cadenas” es que no queda claro qué historia quiere contar Tarantino. En principio, parece la historia de un esclavo negro liberado que se transforma en un cazarrecompensas, esto es, mata blancos y le pagan por eso. Hasta ahí, podríamos decir que tenemos un personaje. Y una amistad que nace, una amistad nacida en el transitar del camino por los grandes espacios imprescindibles para el western. El amigo es un alemán, el Dr. King Schultz (un dentista devenido en cazarrecompensas) que trae la mirada de Europa y su rechazo a la esclavitud. Tal vez, ése era el tema. Dos amigos atravesando el infierno del sur esclavista, poco antes de la Guerra Civil, desactivando las amenazas contra su vida. Como ser neutral y sobrevivir en el intento, podríamos decir. (O, mejor dicho, ¿hay alguna posibilidad de ser neutral si se quiere sobrevivir?).

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Pero Tarantino incorpora otra línea, otra necesidad dramática, el objetivo de Django de liberar a su esposa, esclava en una plantación del sur a cargo de un despótico terrateniente organizador de peleas sangrientas con esclavos.

El filme se divide muy claramente en dos mitades: antes y después de llegar a “Candieland” (la plantación en cuestión). Son dos películas distintas. La primera parte es más dispersa y repetitiva. Gags como el de las capuchas del KKK, aunque divertidos, no tienen justificación argumental. Son apuntes descolgados, guiños al público, pero que no tienen funcionalidad con la trama.

La segunda parte es la más consistente. Nuevamente, como lo señalamos tantas veces, no por casualidad: acá tenemos tensión dramática entre los personajes. Eso mantiene nuestra atención. Hay un detallado juego del gato y el ratón que se tensa y se contrae, rítmicamente, como sólo Tarantino sabe hacerlo. Todo el suspenso de esta segunda mitad es saber cuándo y en qué momento nuestros héroes responderán a las provocaciones de Calvin Candie (magistral Leonardo DiCaprio) y Stephen, su ladero (negro, lacayo y esclavista, otra memorable faena de Samuel Jackson).

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Si la resolución de este segmento hubiese sido brillante, podríamos perdonarle a Tarantino la floja primera mitad. Pero, lamentablemente, la resolución de la película no nos parece buena, más aún, parece hecha un poco a las apuradas. La masacre de Django en la casa Candie nos hace recordar mucho, pero mucho, a la matanza de Beatrix Kiddo en la casa de té japonesa donde liquida a Lucy Liu.

Nos atrevemos a sostener que, la debilidad de este final se da, no por casualidad, cuando el personaje del Dr. King Schultz desaparece. No es por azar. Es el síntoma de que lo falla es el personaje de Django. Es un personaje sin muchas dimensiones, demasiado lineal. Por eso el final no convence, muchos tiros pero poca acción.

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A ver, recordemos la diferencia con Beatrix Kiddo. Django y Kiddo son asesinos. Kiddo disfruta asesinar. Pero es capaz de retirarse para que su hija tenga un futuro mejor. Va a “menos” por su hija. Eso la diferencia con Bill y sus secuaces. Esa característica torna poético a su personaje y da nobleza a su venganza. Django carece de ese toque distinto. ¿Está liberando a su esposa? ¿Es un hombre que se cobra una a una todas las humillaciones sufridas? ¿Es un simple ser humano que sólo quiere vivir en paz y está dispuesto a arrasar con lo que sea para lograr ese paraíso en la Tierra? No lo sabemos. Ésa es la debilidad en la construcción del personaje de Django. Django sólo se explica por la acción del Dr. King Schultz. Y sin éste, “Django sin cadenas” no sabe para dónde ir.

“Django…” alcanza sus mejores momentos cuando nuestros héroes asisten al clima de violencia de Candieland. Candie cediendo un martillo a su esclavo para que ponga fin a la pelea tras haber cegado a su rival y, al día siguiente, echándole los perros a un esclavo que ha tratado de huir. Ahí está el corazón de “Django sin cadenas”. El paroxismo del esclavismo que asiste, sin saberlo, a sus últimos días. Los sureños que maltratan a sus esclavos son malvados más que por maldad, por su incapacidad de ver a sus siervos como seres humanos. Para ellos, los negros son bienes muebles bajo su propiedad. Y como cualquier bien, uno puede destruirlo si le da la ganas. Lo compran, lo destrozan, lo tiran, compran otro. Pero lo que están desechando son seres humanos. Y eso es lo que no ven, esa es la frontera que han atravesado y de la cual no pueden volver.

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Ahí es interesante la mirada europea de Schultz, horrorizado por la impudicia de los esclavistas sureños. Él, un asesino, le tiembla la mano ante los desbordes sádicos de Candie. No a Django. Django ha sido víctima y sabe muy bien de lo que son capaces. Por eso, no muestra ninguna reacción, aunque una jauría destroce a otro negro ante su presencia. Esa idea (me parece que es lo mejor del filme y sobre lo que tuvo que pivotear la trama) se resume en el diálogo entre Candie y Django: “Tu jefe parece novato en estos deportes sangrientos, como las luchas de negros”; “No. Es que nunca había visto a un negro ser despedazado por perros”; “Usted si está acostumbrado”; “Bueno, él es alemán... Yo estoy más acostumbrado a los americanos”.

Reflexionando sobre esta línea, es un muy buen recurso estilístico retratar el fin de una época días antes de su ocaso, cuando la elite que ostenta el poder hace gala de su impunidad. Es un buen recordatorio para los simples mortales de que esto también pasará y que lo que hoy reina, llegará también a su fin, mucho antes de lo pensado.

Mañana, las mejores frases.

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