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críticas chatarras

miércoles, marzo 29, 2006

recursos inhumanos 

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EL MÉTODO

Uno de las supersticiones de estos tiempos, es la creencia de que el sistema de producción de bienes tiene interés por sí solo, por encima de los intereses de los agentes económicos que lo conforman y cuyas necesidades, inicialmente satisfacía. Una gran maquinaria que consume la vida de los seres humanos que justamente son los responsables de que continúe en movimiento, inmolación que tiene el sólo objeto que la máquina siga en marcha. ¿Cuál es el objeto de continuar avivando el fuego? Tal vez, en ningún lugar tanto como en el mercado de trabajo, se observen los efectos de esta superchería de la globalización. De ese sadismo cotidiano, de esa competencia autodestructiva, habla “El método”, la última película de Marcelo Piñeyro, la adaptación cinematográfica de la obra teatral “El método Grönholm” de Jordi Galcerán (adaptación que mereció un merecido Goya).

Si en este país no existieran esos clanes intelectuales, cotos cerrados de amigos con la crítica escrita antes de ver la película, “El método” hubiera merecido mayor repercusión de la que efectivamente va a tener.

Siete tipos son convocados, en una lujosa oficina en Madrid, para seleccionar a uno sólo, para un cargo. La elección se hará a partir del método Grönholm, un mecanismo que nadie conoce, pero que opera proponiendo juegos que los representantes deberán resolver en grupo. Juego a juego, irán perdiendo a un participante, hasta dejar al último competidor, ganador del cargo a cubrir. Lo que empieza siendo un método de selección de personal, termina siendo una despiadada competencia entre los participantes, miserias desplegadas alrededor de una mesa.

“El método” plantea algunos puntos interesantes. El primero, es cómo se impone un marco acotado desde afuera, un juego en el que todos pierden, pero con la suficiente sutileza para hacer creer a los participantes que ellos dirigen las acciones. En ningún momento los protagonistas logran elevarse sobre su propio plano, otear sobre el horizonte y descubrir a los diseñadores del juego. Eso logra dar a la película un aire de tragedia irremediable, que se resumen en esa última escena, de una de las protagonistas, caminando por una ciudad en ruinas.

Otra línea, es el modo en que nos justificamos intelectualmente, para cometer la mayor tropelía. En los juegos perversos, los participantes tratarán de dañar al más débil, al que no pueda superar el desafío, siempre argumentando que se lo hace desde un costado racional y lógico. Discriminar a alguien por ser mujer, por ser mayor de 40, por no manejar idiomas, por ser extranjero, se justifica con otros argumentos racionales, políticamente correctos. Pero el fondo siempre es el mismo. El envase no oculta el contenido.

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“El método” plantea un corte generacional, entre los viejos dinosaurios (como Ana o Fernando) que tratan de mantener el paso de la nueva generación (Nieves y Carlos), más preparada, más implacable, más feroz. En una escena clave (la del juego de la pelota), Fernando explícita las diferencias entre esas generaciones: los más viejos saben que el juego está perdido y, que al final, saldrán derrotados; la nueva generación cree que puede salir indemne de la lucha. Todavía son demasiado jóvenes para comprender que cuando pasen los años, nada les quedará. “Ni siquiera el macho ibérico querrá saber algo contigo” resume con precisión Fernando.

En varios reportajes, Marcelo Piñeyro confiesa su visión pesimista de estos tiempos. No tiene respuestas (como no las tiene “El método”). Acá no hay una solución, apenas un diagnóstico. Piñeyro camina entre las ruinas de una ciudad en pedazos. “Tanto en la época de la dictadura, o en el nazismo, por ejemplo, la realidad era tan brutal que estaba bien marcada la línea entre buenos y malos” declara en reportaje a “Ñ” “Hoy no es así: la línea está muy difusa. El poder se expresa de una manera muy perversa”. Tal vez sea el mayor hallazgo de “El método”. La sensación de monitoreo permanente, la asfixia de que todos están dando un examen ante los otros y ante sí mismo. ¡Un Foucault a la izquierda!: un sistema que no necesita vigilar a los participantes, porque ellos mismos se autovigilan, ellos mismos velan por la salud de las reglas que les han impuesto desde afuera.

El desarrollo de “El método”, en un ambiente, con algunas salidas y el contexto de la marcha antiglobalización, que llega como un eco sordo desde las calles de Madrid, recuerda la puesta en escena de “Doce hombres en pugna”. Algún profesor de guión supo decirme que la acción de una historia no está en la cantidad de bombas o persecuciones en escena; que dos tipos sentados en una mesa pueden atrapar más la atención del espectador que un mercenario de Vietnam bajando muñecos con una ametralladora. “El método” es un buen ejemplo, porque, básicamente, se trata de una película de gente que habla. Y la historia no decae su atención en ningún momento. No hay baches. El guión de Piñeyro y Mateo Gil ha sabido salvar el formato teatral original, sin perder la fuerza de la palabra y agregándole elementos cinematográficos.

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Excelente el elenco, indispensable para sostener este tipo de películas. Nos quedamos con el muy buen Eduard Fernández (el veterano Fernando, el dinosaurio que resiste) y con Ernesto Alterio, en un personaje exquisito, Enrique, el tipo que se cree el juego y que es incapaz de mantener una opinión propia, siempre respondiendo del modo correcto para no quedar en el aire. Una baba para Natalia Verbecke, la secretaria de sonrisa imperturbable.

Escenas: el descubrimiento de quién es el topo; la escena del juego de pelota; la salida de Ana; la charla final entre Nieves y Carlos.

La frase: “¡Y jodió a la empresa! ¡Le hizo la vida imposible! ¡Y seguro que era española!”.

CONSEJO: ir a verla.

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